El niño con el pijama de rayas es la adaptación del bestseller de John Boyne, traducido a 35 idiomas y con unos tres millones de ejemplares vendidos.

Libro de lectura rápida, no debería clasificarse nunca como novela sino más bien como cuento. Quién lo haya leído estará conmigo en que el lenguaje y la forma de contar la historia está más orientada a niños que no a adultos y que, pese al drama que cuenta, tiene ese tono dulzón de las narraciones infantiles. Original en la historia, sobretodo en idear una trama desde el lado alemán, mi humilde opinión es que incluye elementos algo inverosímiles. Elementos intachables cuando se trata de cuentos, pero si estamos ante un cuento entonces lo que no cuadra es la crudeza final.

La adaptación al cine tenía el reto de encontrar el modo de mostrarla al gran público y de eso se ha encargado el director Mark Herman. No recomendada para menores de 13 años, la película sigue con ese pie puesto en el cine para adultos pero con alma de cuento. En eso, pues, está claro que ha sido fiel al libro.

Sin embargo, el director se permite algunas licencias respecto a la obra original. Para empezar Bruno (Asa Butterfield) y su amigo Shmuel (Jack Scanlon) tienen un año menos, quizá para justificar la ingenuidad sobretodo del primero. La relación con su padre es tal vez más cercana y menos autoritaria que en el libro, sobretodo al principio. La descripción del campo de concentración y el modo como Bruno conoce a su amigo, no aprovecha una de las descripciones más brillantes, que en mi opinión, hay en el libro y que da título al capítulo en que inician su amistad: "El punto que se convirtió en una mancha, que se convirtió en un borrón, que se convirtió en una figura, que se convirtió en un niño". Y otras tantas cosas como la relación de confianza que mantiene Bruno con la criada, la pasión y admiración por su abuela, el acierto de hacer coincidir el hecho de tener piojos con el desenlace final, la última frase de Bruno a Shmuel...

Por el contrario, el director enfatiza aspectos en los que no se ahonda tanto en el libro. El distanciamiento entre los padres, el sufrimiento de la madre del niño y sobretodo el sentimiento de frustración de Bruno ante unos acontecimientos y un contexto que lo sobrepasa y que no sabe entender.

Sin duda, lo más criticable es la banda sonora de James Horner, tan poco a medida para la película y con recursos tan típicos del compositor que en ocasiones invitan a cerrar los ojos y recordar "Troya" o "La tormenta perfecta".

Estamos pues ante una adaptación correcta, que se queda lejos de la emotividad y la implicación del espectador que consiguen otros filmes como "La vida es bella" pero que sin embargo llenará los cines, como mínimo, de lectores de la novela.

by mònica